Tate Modern, 2 de febrero del 2006, dos de la tarde de un jueves helado en Londres (esperando el autobús 388, frente a la estación de Liverpool Street, había visto, apenas media hora antes, diminutas partículas de nieve suspendidas en el aire gélido de la ciudad).
La exposición se titula Henry Rousseau: Jungles in Paris y es la primera reunión de pinturas de Rousseau que se celebra en Londres en ochenta años. Se trata, sin duda, de una de los eventos del 2006: viajará después a París, donde se instalará hasta el 19 de junio en el Grand Palais y luego a la National Gallery of Art en Washington.
He decidido hacer, por primera vez, un pequeño experimento: contemplar las pinturas de Rousseau escuchando mi propia banda sonora. Antes de salir de Barcelona, me pareció apropiada la música de Erik Satie. Después de todo, Satie y Rousseau eran casi contemporáneos: aunque Rousseau nació en 1844 y Satie lo hizo en 1866, ya hacía tres años que el músico había compuesto las Gymnopédies cuando el pintor colgó su primera “pintura de jungla” (y una de sus obras más famosas), Tigre en una tormenta tropical en el Salón de los Independientes de París.

Aunque su arte compartiera una misma dimensión espacio-temporal, sus temperamentos no podían ser más diferentes. Rousseau era un funcionario de aduanas pequeño-burgués y patriota, dos veces viudo, que aprendió a pintar durante sus salidas de fin de semana (lo que le valió una reputación de pintor “dominguero” y el sarcasmo de sus contemporáneos); Satie, en cambio, se había labrado una fama de solitario excéntrico y bohemio que se escribía cartas a sí mismo, dibujaba enigmáticos edificios imaginarios (que luego pretendía vender o alquilar, de forma anónima, en periódicos locales) y que había creado su propia religión. Cuando Satie murió (al igual que Rousseau, en la pobreza y despreciado por los críticos), encontraron en su apartamento del suburbio parisino de Arceuil (donde vivió los últimos veintisiete años de su vida sin invitar a nadie), entre una multitud de objetos, una colección de 84 idénticos pañuelos, varias docenas de paraguas, una cantidad indeterminada de trajes de terciopelo iguales y el retrato que le pintó Suzanne Valadon, la única mujer de la que estuvo enamorado (y la única relación que se le conoce).
No creo que Rousseau (también compositor e intérprete amateur), de conocerla, hubiese apreciado la música de Satie, minimalista avant la lettre. Para acompañar la exposición del primero grabé en mi IPod un disco, ahora inencontrable, del alemán Thomas Wilbrandt, editado por Decca en 1991 y titulado: Erik Satie, Alone for a Second, que contiene arreglos y versiones de temas de Satie interpretados por la Modern Sinfonietta (liderada por Alexander Balanescu, colaborador habitual de Michael Nyman) y pasadas por el tamiz acústico de Wildbrandt.
La primera pintura de la exposición es, cómo no, el Tigre, una imagen que me resulta familiar desde que, hace ya un montón de tiempo, la descubriera por primera vez en la portada de un disco de Michael Franks, titulado, precisamente, Tiger in the Rain.
Entre las ventajas que ofrecen estas retrospectivas está la de incluir cuadros de muy diferentes procedencias (algunos de colecciones particulares que, de otra manera, rara vez verían la luz, o de museos recónditos), lo que permite, en muchas ocasiones, descubrimientos inesperados. Para mí, en esta ocasión, lo son tres pinturas poco conocidas: Noche de Carnaval, Paseo por el bosque (ambas 1886) y Encuentro en el bosque (1889).
Los dos primeros, Noche y Paseo debían de tener algún significado privado para el artista, ya que no quiso desprenderse de ellos en vida (Noche figuró en el catálogo del Salón de la Sociedad de Artistas Independientes –el único lugar donde, a cambio de una pequeña cuota, Rousseau podía exponer sus cuadros- como una obra que no estaba a la venta; Paseo ni siquiera figuraba en los catálogos). El cielo nocturno y misterioso sobre el bosque de árboles desnudos parece un presagio de los misteriosos paisajes de Magritte.

Paseo me recuerda un relato del escritor británico Robert Aickman titulado Into the Wood (“En el interior del bosque”). Una mujer inglesa, alojada durante unos días en un sanatorio sueco ubicado en medio de una interminable arboleda, descubre que el lugar es, además, un refugio para insomnes: por la noche, sus residentes, “que tienen que soportar la realidad durante veinticuatro horas al día”, vagan por los bosques que rodean el albergue. Algunos se internan en la espesura más allá del bosque y no vuelven jamás. Este permanente estado de vigilia convierte a los que lo padecen en una especie de iluminados. El resto de las personas, afirma una de las pacientes “se acercan con sigilo durante la noche en busca de nuestro consejo”.
Tengo la costumbre, antes de abandonar una exposición, de deshacer el camino y revisitar los cuadros que más me han impresionado durante el recorrido. Vuelvo al menos en dos ocasiones a detenerme, en la pequeña sala que reúne este grupo de obras tempranas de Rousseau, frente a los hechizados amantes del Encuentro. Una visitante, a mi lado, parece leerme el pensamiento y murmura: It’s so beautiful…

Henry Rousseau nunca salió de París. Sus selvas son imposibles lugares de la imaginación, hechos de retazos superpuestos: flores exóticas de los invernaderos del Jardin des Plantes, fieras y vegetación inspiradas en las ilustraciones de Le Petit Journal y de los libros de los aventureros coloniales de la época. Resulta chocante que la fantasía de este funcionario de honestidad quebradiza (pasó un mes en la cárcel, en 1864, por robar una pequeña cantidad de dinero y unos sellos del notario para el que trabajaba; en 1907 sería juzgado de nuevo por un fraude bancario) habitara estos rincones secretos y sensuales, de frondas espesas y flores que se balancean en tallos más altos que un hombre, donde figuras enigmáticas aguardan, bajo las sombras de los árboles, junto al río, encantando serpientes con su música misteriosa.
Rousseau carecía de una educación artística formal. Es muy probable que el dominio de las técnicas pictóricas convencionales hubiese supuesto un lastre para su inspiración. Tal vez se habría dedicado a la práctica de un realismo anodino. Su pintura mágica e imperfecta, ridiculizada por los críticos, sería apreciada por pintores como Picasso y Kandisky. Delante de “El sueño”, una de las piezas centrales de la exposición, entiendo que los surrealistas le reconociesen como uno de los suyos.
No puedo evitar, contemplando las pinturas de Le Douanier (“el aduanero”), que me venga a la memoria la escritora Angela Carter, una de mis autoras favoritas, sin saber muy bien por qué. Angela, que adoraba todo lo excesivo, se habría sentido encantada en las junglas imaginarias de Monsieur Rousseau. Días después, en Barcelona, viendo las portadas que el ilustrador James Marsh dibujó para las ediciones que Penguin hizo de las novelas de Carter en los años ochenta, comprendo mi asociación. En la página de la galería que le representa, se afirma: “The candy colored jungle is James Marsh’ milieu… in much of his work, the surrealistic influences of Rousseau, Magritte and Dalí are apparent…” (“la selva del color de los caramelos es el medio habitual de James Marsh… en muchas de sus obras son evidentes las influencias de Rousseau, Magritte y Dalí…”).
Everything is connected.
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